Microrrelato: El agua terminaría ahogándonos

Aprendí a sobrellevar tus inseguridades, a cogerte de la mano y a cubrirte con mi manto de ánimos. Tú seguías dejándote caer y entrabas en una absurda espiral. Cuanto más buscabas mi apoyo, más incapaz eras de hacerte valer sin él. Al final (muy al final) me di cuenta de que aunque te amaba con locura, quizá éramos tóxicas la una para la otra. Una brea que nos hacía permanecer siempre en aquel incómodo lugar estático, obligadas a defender las mismas posiciones aunque ya no quisiéramos continuar siguiendo las vías del tren.

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Sentir el calor de las tripas

¿Hay que dar alguna explicación? No. Es innecesario e incongruente. Sonaría un río de excusas aristotélicas o platónicas (¿es que se ha inventado algo después de ellos?) Rebatiría y debatiría las mismas ideas de siempre:

Sentir el calor en las tripas. Microensayo de La Mujer Bala. Helena Vicente

Sería un completo error convencerse de que se puede vivir de forma paralela a nuestra esencia, sin sentir el calor de las tripas cuando realmente es cuando trazas círculos concéntricos alrededor de ti misma. El estado en el que eres capaz de ser parte consciente del universo.

Kaohsiung, Taiwan, 8 de julio de 2016 (durante el tifón Nepatark)

Pájaros soñadores

En el momento en el que abrimos las manos tocamos el cielo. Sentíamos en nuestros estómagos la pesadez de la hora de la siesta y acariciábamos la lejana idea de cuidarnos más.

La pereza adormecía nuestros pensamientos y la monotonía del ruido del aire acondicionado nos invitaba a dejarnos caer en el agujero del sueño.

Pero algo dentro de nosotros no dejaba de rebelarse, una latente necesidad de movimiento con el que proyectar algo en nuestras vidas. Más allá de las quedadas con amigos, de nuestros soporíferos trabajos o de nuestras familias. Algo distinto, propio, auténtico, que nos recordara un motivo trascendente por el que estar en el mundo.

Esos proyectos no dibujados, de los que ni siquiera teníamos un croquis, pero que nos llamaban constantemente desde una parte muy profunda de nuestro ser.

Debíamos aprovechar la hora de la siesta de aquella tarde de verano, cuando nadie mandaba mensajes y el edificio se mantenía en silencio, cuando el bebé de los vecinos ya se había agotado y dormía.

Apuntamos en un papel todas nuestras ideas en bruto e hicimos listas de aquello que queríamos y lo que no queríamos en la vida. Habíamos virado tantas veces… chocado contra las rocas… que no sabíamos si tendríamos las energías necesarias, la electricidad suficiente, la indescriptible pasión que te hace proyectar tu yo más profundo en algo que tiene que volar al mundo. El preguntarse la dirección de la humanidad, la importancia de según qué cosas y el sentido del propio universo. Cuestiones que pueden triangularse dando como resultado esa explosión imposible que buscan los reyes y reinas filósofos.

Y siempre sobrevuela la duda de si lo conseguiremos, de si soñar sigue siendo gratis, de si podemos lanzarnos al cielo o encontraremos una cúpula de cristal a partir de la cual el camino es imposible.